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Bowers & Wilkins 801: la permanente fascinación de un genuino mito del audio

Este año, la que sin duda es una de las marcas más emblemáticas del audio “residencial” de todos los tiempos, la británica Bowers & Wilkins, cumple 60 años. Y no los cumple de cualquier manera, sino en lo más alto, una posición envidiable que se ha ganado a pulso a base de ideas claras, pasión y una apuesta por la excelencia en investigación y desarrollo poco habituales. Sin embargo, el punto de partida de la empresa fundada en 1966 -como extensión de un negocio dedicado a la radio y la electrónica que vio la luz en 1946- por John Bowers y Roy Wilkins fue de lo más “simple”: la idea de que “La mejor caja acústica no es la que da más, sino la que quita menos”. Una frase convertida en “leitmotiv” de una compañía que desde entonces no ha cesado en su empeño por crear la caja acústica perfecta y que ha visto cómo su ubicación originaria en la localidad de Worthing, situada en el sur de Inglaterra, muy cerca de la ciudad de Brighton, se convirtió en uno de los centros de producción de altavoces y cajas acústicas más avanzados del planeta. Eso sí, trabajando codo con codo con un “brazo” dedicado en exclusiva al conocimiento puro y duro por un lado, y, por otro, a la puesta a punto de materiales y tecnologías que con el paso de los años definirían en buena medida las “reglas” del sector del sonido con mayúsculas. Dicho “brazo” se materializó, en 1982, en el celebérrimo Steyning Research Establishment (SRE), conocido coloquialmente como “La Universidad del Sonido”, situado en la pequeña localidad de Steyning, a unos 20 kilómetros de Worthing, y que en 2019 fue sustituido por el ultramoderno -y dos veces más grande- Southwater Research & Engineering (SRE, en homenaje a su predecesor), a unos 30 kilómetros al norte. Pero no es contarles la historia de Bowers & Wilkins el objetivo del presente artículo, sino de rendir homenaje al producto que en buena medida ha liderado -con permiso de esa “Concept Loudspeaker” todavía en activo que es la singularísima Nautilus- la evolución de la firma británica, y, lo más importante, su capacidad para mantenerse en la cúspide de un mercado muy competitivo y en cambio permanente: las diferentes declinaciones de la que sin duda es su realización más celebrada, el modelo 801, a su vez convertido desde 1980 en el monitor de referencia de uno de los templos de la creación musical, los legendarios estudios de grabación Abbey Road Studios. He tenido la suerte, por haber nacido en 1961 y, sobre todo, ser un entusiasta del sonido de altos vuelos desde 1974, de conocer de cerca -en algunos casos de primerísima mano- la “trayectoria vital” de la Bowers & Wilkins 801, por lo que en las líneas que siguen intentaré aportar una perspectiva “histórica” que refleje su innegable relevancia.

Un punto de partida que definió todo lo que vino después

La referencia al papel desempeñado por la 801 en Abbey Road resulta tentadora por el “glamour” que transmite, pero no muestra la totalidad de la foto y por tanto no explica al 100% el alcance de esa relevancia a la que me acabo de referir. Y es que, por encima de haber sido elegida por los ultraexigentes ingenieros de ese lugar de culto de la producción musical, la Bowers & Wilkins -recuerden que durante varias décadas la marca fue conocida por sus siglas B&W- tiene su atributo clave en el hecho de haber sido el patrón de referencia de cada nueva generación del catálogo de la marca, lo que significa que toda la innovación -recintos, filtros divisores de frecuencias, altavoces, materiales de los altavoces, astucias de ingeniería, técnicas de fabricación, acabados- contenida en la misma se trasladaría de manera disciplinada y progresiva al resto de la marca. Esta es la verdadera grandeza de la 801 y lo que le confiere su aura de mito.

Hay ahora mismo en Internet muchísima información sobre la protagonista de estas líneas, al tiempo que en este medio hemos publicado artículos en profundidad relacionados con la misma. Sobre la historia de la 801 les recomiendo, por ejemplo, que echen un vistazo a este enlace. Y en lo que concierne a Hifilive, me permito recomendarles la lectura de nuestro artículo en el que presentamos la que en el momento de escribir estas líneas es la versión más reciente de la Serie 800, la 800 D4, https://hifilivemagazine.com/serie-800-d4-de-bowers-wilkins-la-leyenda-continua/, que bien se podría complementar con el análisis de la versión de la misma puesta a punto para celebrar la especial relación de Bowers & Wilkins con los Abbey Road Studios: https://hifilivemagazine.com/bowers-wilkins-801-abbey-road-limited-edition-en-audio-sant-cugat/.

Estuve un buen par de días “tirando de hemeroteca” -la mía- para intentar organizar mentalmente mi exposición, y mi primera conclusión es que el “preámbulo”, por llamarlo de algún modo, de lo que tomaría forma en nuestra invitada, bien podría ser el “monitor” con pies de suelo dedicado DM6. ¿Por qué? Pues porque este sistema de altavoces cuyo catálogo es el más antiguo -1976- que conservo de Bowers & Wilins apuntaba maneras con lo que vino pocos años después y, en especial, lo que más adelante se plasmaría en una estirpe con casi medio siglo de vida sobre sus espaldas. Si echan un vistazo al catálogo de marras, se darán cuenta de la presencia de elementos que desde entonces nunca han dejado de acompañar a las propuestas de referencia -y, por extensión, las que a la postre fueron beneficiarias directas de las mismas- de la firma de Worthing: altavoces dedicados de muy altas prestaciones -fabricados con materiales que en aquel entonces eran considerados “exóticos”- dispuestos de tal modo que se igualen los tiempos de llegada de las respectivas emisiones acústicas a los oídos del usuario, recintos compartimentados para evitar las influencias entre transductores al tiempo que dotados de refuerzos internos para maximizar la rigidez y minimizar vibraciones y resonancias y filtros divisores de frecuencias concebidos según el principio de fase lineal. Todo ello sin olvidar un diseño industrial rompedor, una calidad constructiva y de los acabados sensacional y una indisimulada obsesión por dar información técnica de alto nivel en dosis generosas -observen si no la cantidad de gráficos que figuran en el catálogo en cuestión- para que el potencial usuario tuviese muy claro que quienes estaban detrás del producto por él elegido para escuchar su música predilecta se emplearon a fondo para hacer que fuese lo más perfecto posible.

Finalizada mi larga “introducción”, viajamos a 1979, año en que un equipo de ingenieros -entre ellos Denis Ward, procedente de EMI y responsable del diseño de los transductores- conducido por John Bowers lanzó al mercado, después de cuatro años de investigación y desarrollo, la 801, presentada, en su catálogo dedicado, como “El primer modelo de la nueva gama de cajas acústicas sin compromiso de Bowers & Wilkins, la Serie 80”. Repito, por su relevancia, la motivación que la marca británica publicó en dicho catálogo sobre su flamante creación: “Las prestaciones exigidas en las especificaciones de diseño básicas fueron resumidas en cuatro palabras: “full profesional monitor requirements” (requerimientos para un monitor completamente profesional). El objetivo era lograr niveles de presión sonora de 106 dB en salas de un máximo de 300 metros cúbicos de capacidad. El tamaño no se especificó salvo en el sentido de la exigencia genérica de que la 801 debería ser lo suficientemente grande para los estudios de monitorización profesional siendo a la vez una pieza de mobiliario atractiva desde el punto de vista doméstico. Además, durante la reproducción debería lograrse una ubicación precisa de las diferentes fuentes de sonido de la interpretación original. Idealmente, dicha ubicación debería permanecer estable independientemente de dónde estuviera sentado el oyente: bien definida entre las cajas acústicas y con una información en sentido delante-detrás bien definida que reflejase las distancias desde los intérpretes al micrófono. ¿El resultado? Un sistema de 3 vías montado en suspensión acústica (recinto hermético) con frecuencia de resonancia de 37 Hz y Q de 0’7. Los transductores empleados, también 3 y situados en recintos independientes para reducir a cero posibles interferencias mutuas y optimizar la respuesta en fase, eran un tweeter de cúpula de filamentos de poliéster entrelazados de 26 mm de diámetro, un altavoz de medios con diafragma de poliamida aromática impregnada de PVA (alcohol polivinílico) de 100 mm y un woofer con cono de material termoplástico revestido de PVA de 270. La respuesta en frecuencia abarcaba desde 45 hasta 20.000 Hz (+/-2 dB), la impedancia era de 8 ohmios en todas las frecuencias de trabajo, la sensibilidad era de 85 dB (a 1 m y 300 Hz) y la potencia de amplificación mínima –la máxima, ilimitada- era de 50 vatios sobre 8 ohmios. El sistema se completaba con dos controles –situados en la zona posterior del bloque donde se ubicaba el altavoz de medios- para afinar el nivel de salida del tweeter (atenuación controlada por encima de 3 kHz) y del altavoz de medios (atenuación controlada entre 1 kHz y 3 kHz).” En unos términos más prácticos, la 801 primigenia era definida como “El primer proyecto comercial destinado a desarrollar y fabricar una caja acústica que reflejara los más altos estándares de calidad posibles sin tener en cuenta ninguna de las llamadas “consideraciones prácticas” que, inevitablemente, comprometen los diseños convencionales”. Pero había más, mucho más, porque, por encima de todos los cambios experimentados a lo largo de décadas, ya en la primera se pusieron los fundamentos de un “axioma” innegociable en la compañía de Worthing: que en todo momento la forma, es decir el diseño industrial, esté siempre al servicio de la función a realizar y no al revés. Una creencia que comporta un esfuerzo mental extra y explica la distintiva –“orgánica” se le llamaría ahora- belleza de las distintas 801 que han ido viendo la luz. Un ejemplo paradigmático al respecto es el uso de recintos independientes para cada altavoz y la disposición de los mismos con la finalidad de linealizar la respuesta en fase, es decir lo que antes apuntaba sobre la igualación de los tiempos de llegada del sonido emitido por cada uno a los oídos del oyente. No se puede negar que el resultado es agradable a la vista, pero lo más importante es que está respaldado por la esencial función que acabo de apuntar.

De la concepción de la primera 801 también habría que señalar otros elementos fundamentales que se han mantenido intactos -con sofisticación siempre creciente en términos de ingeniería- desde el “día cero”, siendo el primero de ellos los materiales empleados en la construcción de los diferentes recintos que la constituyen. Así, el módulo de medios estaba fabricado en poliestireno rígido -un tipo de plástico- y fibrocemento, siendo este último un tipo de hormigón reforzado con vidrio. La elección no fue caprichosa, porque, según Bowers & Wilkins, la estructura resultante mejora la relación señal/ruido en 10 dB entre 300 y 3.000 Hz al tiempo que su nivel de vibración se situaba 60 dB por debajo del de los conos de los altavoces. De nuevo, forma al servicio de la función. Finalizo ya mi descripción de la primera 801 reseñando otro subsistema clave: el filtro divisor de frecuencias. En concreto, se utilizó un diseño de 4º orden que ¡atención! fue desarrollado con ayuda de un programa de modelado por ordenador basado en una técnica de diseño puesta a punto por la firma británica que fue bautizada como “optimización numérica”. Al respecto, sus creadores comentaron lo siguiente: “Midiendo y comparando un modelo operativo del filtro con el generado por ordenador fuimos capaces de alcanzar un orden de correspondencia muy elevado entre funcionamiento ideal y del mundo real”. No se puede negar que a finales de los 70’ esta práctica era poco menos que revolucionaria, lo que nos lleva directamente a otro aspecto diferenciador de Bowers & Wilkins: la mejora -que, por supuesto, sólo se considera como tal y es implementada si se traslada al ámbito del sonido permanente de todos y cada uno de los aspectos que configuran sus cajas acústicas, objetivo que llevó a la compañía a desarrollar materiales y herramientas propios.

Una avalancha continuada de mejoras definida por “saltos cuánticos” críticos 

Como dirían en una producción de Hollywood, “empieza el baile”, porque lo que ahora viene es un torrente de búsqueda y obtención de la excelencia, evolución/revolución a partir de lo conseguido y así sucesivamente hasta que en septiembre de 2021 se dio a conocer la versión actualmente disponible en el mercado: la 800 D4, donde la “D” hace referencia, como bien saben, pero, aún así, recordaremos en las líneas que siguen, a “Diamond”, es decir el material empleado en la cúpula del tweeter. Pero, desde luego, tal innovación es sólo una de centenares. En consecuencia, ¿cómo presentar la “timeline” de la Bowers & Wilkins 801 sin dedicarle 10 ó 15 páginas? Pues, en mi opinión, destacando esos “saltos cuánticos” que la han ido perfilando, redefiniendo, reinventando o reimaginando -elijan el término que más les guste- en los 42 años transcurridos entre el modelo original y el “D4”… con permiso de las posteriores, más exclusivas y de edición limitada, aunque idénticas en lo conceptual, 801 D4 Signature y 801 Abbey Road Limited Edition. Quiero aclarar que cuando hablo de “saltos cuánticos” me refiero a los desarrollos que más “lucen”, lo que no significa que, en paralelo, haya otros, muchos otros, merecedores de atención. Todo ello, insisto una vez más, respetando el antes citado “forma al servicio de la función.”

El primero de los citados “saltos” fue, pese a no ser visible, muy relevante en términos de sonido, al tiempo que objeto de indisimulado plagio -con diferentes niveles de elaboración- por parte de no pocos competidores: la estructura de refuerzos internos interconectados Matrix. Su objetivo: minimizar las resonancias del recinto de graves y por tanto ganar en impacto, precisión tonal y extensión de la respuesta en graves al permitir al transductor empleado concentrarse única y exclusivamente en su trabajo. Esto llevó a la comercialización, a lo largo de la década de los 80’ y la mitad de los 90’, de diferentes- 3 si no me falla la memoria- evoluciones de la 801 que presidieron la denominada Serie Matrix 800. Valga como dato muy significativo de los progresos realizados y de lo que vendría después, que Bowers & Wilkins anunciaba para la Matrix 801 Serie 3 una respuesta en frecuencia de 20-20.000, +/- 2dB en campo libre, situándose los puntos de corte a -6 dB en 17’5 Hz y 25.000 Hz, lo que nos lleva a una caja acústica de gama completa –“full range”- capaz tanto de proporcionar sensaciones literalmente viscerales por un lado y adaptarse incluso a la “Hi-Res” actual por otro. Por lo tanto, a nadie debería extrañarle que cuando en 1980 John Bowers visitó los Abbey Road Studios para presentarles su ilustre criatura ésta se quedara allí… ¡y van ya 45 años! Como ya comentamos en nuestro artículo sobre las antes mencionadas 801 Abbey Road Limited Edition, estamos hablando de un lugar legendario que ocupa un lugar privilegiado en la creación de música grabada y ¿hay que decirlo? en el que han trabajado y trabajan algunos de los ingenieros de grabación más brillantes del mundo. En la evolución de las 801 Matrix, y por ende a la serie que encabeza, vemos dos elementos que acompañarán a sus distintas sucesoras durante largos años: el uso de Kevlar, en el que Bowers & Wilkins fue pionera, y la sustitución, en el recinto de graves, de la suspensión acústica por el bass-reflex o “reflector de bajos”.

Para entender el segundo “salto cuántico” es fundamental hacer referencia, aunque sea brevemente, a una realización que lo cambió todo: la revolucionaria, y todavía en activo, caja acústica Nautilus, inspirada en la sabiduría de la naturaleza y a la que en febrero de 2021 –https://hifilivemagazine.com/bowers-wilkins-nautilus/dedicamos un extenso artículo. Un singularísimo producto que lo cambió todo cuando en 1993 -por desgracia, 6 años después de que John Bowers falleciera prematuramente- vio la luz por cuanto sería la fuente de inspiración de una astucia técnica que continúa presidiendo los recintos utilizados para los altavoces de medios y agudos de todas las 801 -y muchos otros modelos no sólo de las diferentes series 800 sino también de otras más asequibles- que vinieron después: los tubos terminados en punta que se encargar de disipar la onda posterior emitida por los mismos para que no interfiera con la frontal y conseguir de este modo sonido lo más natural posible. Unos tubos, que, como siempre en Bowers & Wilkins, respetaban, pese a su distinción estética, el “forma al servicio de la función”.

 

Pues bien: la “tecnología Nautilus” propulsó el que sin duda fue el más vistoso de esos “saltos cuánticos” que han marcado la trayectoria vital de las 801. Fue a mediados de 1998 cuando se lanzaba al mercado la Serie Nautilus 800, presidida por una versión completamente renovada de nuestra invitada bautizada como Nautilus 801. De hecho, tan renovada que tenía muy pocas similitudes con las gamas precedentes al incorporar avances que en su esencia se han mantenido hasta la actualidad, caso del recinto de graves construido con paneles multicapa curvados vía prensado+temperatura, el puerto bass-refex Flowport, los woofers con fibras entrelazadas de Kevlar y suspensión periférica fija -tecnología FST- y, por supuesto, preciosos “cabezales” para el tweeter y el altavoz de medios -el segundo de ellos fabricado en Marlan, una elaborada resina sintética rellena de minerales- terminados en puntas de dimensiones minuciosamente calculadas. “Preciosos”, cierto, pero, de nuevo, siempre con la forma al servicio de la función. Del monumental trabajo realizado por Bowers & Wilkins para crear la Nautilus 801 habla alto y claro el libreto de 48 páginas editado por la marca en el que se cuenta con todo lujo de detalles los aspectos teóricos y de ingeniería que la hicieron única.

Casi 7 años después, a finales de 2004, llega otro “salto cuántico” que se ha mantenido hasta nuestros días: el uso de cúpulas de diamante sintético obtenido mediante PVD, alias Deposición Física de Valor, en los tweeters. Una aportación que Bowers & Wilkins, en aquel entonces buque insignia del “B&W Group”, dio a conocer, con el “glamour” propio de los acontecimientos verdaderamente excepcionales, nada menos que en el legendario British Museum de Londres durante la presentación de la que bautizó inicialmente como Serie 800 a secas para convertirse más adelante en Serie Nautilus Diamond y a continuación, a la vista del éxito obtenido, en la Serie 800 D1. Al acto asistió una nutrida y selecta representación de la prensa especializada europea y asiática y corrió paralelo a otro celebrado simultáneamente en Nueva York para la prensa americana. Me llamó la atención que en la “justificación” de la nueva gama se recurriera a un símil que considero muy acertado -¡y que además en la actualidad podría utilizarse perfectamente!- protagonizado por una creación vinculada a la excelencia tecnológica desde hace ya varias décadas: el mítico Porsche 911. ¿El motivo? En aquel entonces, la firma de Worthing consideraba que el grueso de aspectos de su Serie Nautilus 800 eran inmejorables, por lo que sólo tenía sentido introducir los que realmente aportasen algo, circunscritos en este caso a las citadas cúpulas de diamante y a un material de nuevo cuño, el Rohacell, en los conos de los woofers.

La 801 D1 se refinó unos años después, concretamente en 2020, para presidir la segunda declinación de la Serie 800 Diamond, alias Serie 800 D2. De la Serie 800 D1 me gustaría destacar asimismo que su modelo superior no era la 801 D1, sino la 800 D1, más estilizada en términos estéticos como consecuencia de estudios de mercado que revelaron que el tamaño de la Nautilus 801 no encajaba en muchas decoraciones de interiores. ¡Business is business! Esto nos lleva a otro salto “cuántico” que justificó la salida al mercado de la Serie 800 D3: en lo visual. Un salto cuántico por partida doble, visual y técnica, por cuanto implicó el uso de recintos mucho más estilizados, y tecnológica, porque Bowers & Wilkins tomó la decisión de sustituir el Kevlar por un material de alta tecnología -y composición secreta- inventado por la marca: el Continuum, también con una estructura de base formada por fibras entrelazadas y que desde entonces -2015- se utiliza en los conos de los transductores de medios, cuyo recinto se benefició del cambio del muy delicado Marlan por el aluminio y pasó a llamarse “Cabezal Turbine” como consecuencia de su parecido con las turbinas empleadas en los motores de aviación. La 801 D3 también supuso la irrupción de otra innovación técnica de calado: el uso de un material de grosor variable llamado Aerofoil en los conos de los woofers. Y llegamos finalmente a la 801 D4, que, como les decía al principio de todo, fue presentada en sociedad en septiembre de 2021 y constituye ahora mismo, junto a sus dos declinaciones “superpijas” antes apuntadas, la máxima expresión del saber hacer de una empresa que se ha convertido en icono de la excelencia británica en diseño, ingeniería, y por supuesto, sonido. Llamativa es al respecto la “columna vertebral” metálica que ocupa el grueso del panel posterior de la 801 D3 y la 801 D4 porque, además de aportar una personalidad innegable a ambos modelos, sirve para disipar el calor generado por los componentes del filtro divisor de frecuencias montado en su cara interna. De nuevo, forma al servicio de la función. Las últimas generaciones “D” se han beneficiado asimismo de dos mejoras que me atrevería a definir como brutales en lo conceptual, aunque “discretas” en lo formal/visual: el uso de un perfil continuamente curvado en los recintos y una modificación sustancial, con adición de elementos metálicos para incrementar la rigidez en puntos críticos, de la estructura de refuerzos internos Matrix. En el primer caso tenemos otra contundente demostración de forma al servicio de la función”, mientras que en el segundo se refleja la obsesión de Bowers & Wilkins por mejorar todos y cada uno de sus desarrollos técnicos por muy “perfectos” que se les considere en el momento de ver la luz por vez primera. 

Una referencia y un referente por encima de todo

Que instituciones míticas como los Abbey Road Studios y marcas hiperexclusivas como McLaren Automotive estén hermanadas con Bowers & Wilkins -sin olvidar la pléyade de músicos de prestigio que en diferentes épocas han sido embajadores de la marca- no es ninguna coincidencia. Sólo hay que visitar la factoría de Worthing, con su combinado único de artesanía y tecnología punta, para darse cuenta de la complejidad extrema que supone tener la capacidad para fabricar en abundancia, a precios razonables y con una regularidad casi de libro de texto, una obra de arte al servicio de la reproducción musical como es la 801 D4. Esto se llama excelencia con mayúsculas y por lo tanto una invitación a pensar que lo que ahora mismo es la élite de Bowers & Wilkins un día dejará de serlo. Tal y como afirmó hace ya unos años la veterana y muy respetada publicación publicación estadounidense “The Absolute Sound”, “Puede decirse con toda seguridad que ninguna caja acústica ha disfrutado de tamaño éxito entre profesionales y audiófilos a escala universal como la Bowers & Wilkins 801”.

www.bowers-wilkins.es

 

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